Cuadernos de budismo 47 Invierno 2003

Invierno 2003
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Precio de venta5,50 €
Descripción

•Dar sentido a cada instante de nuestras vidas.Lama Zopa Rimpoché

•Hasta que termine Samsara. Lama Yeshe

•Poner en práctica las enseñanzas. SS el Dalai Lama

•Entrevista con Sákyong Mípham

•El guerrero en el mundo. Sákyong Mípham

•Viaje a Tíbet (II) Xavi Alongina

•La reducción del estrés. Andrés Martín Asuero

•Del amor al deseo gracias al apego. Gueshe Tenzin Tamding

•Sobre el amor. Juan Manzanera

•Amor frente a egoísmo.Champa Shenpen

•¿Erotismo cotra amor?

•¡Me apasionan las montañas! Gelongma Jamyang Wangmo

•El abc del budismo

Viaje al Tíbet (II)

Cuando en 1682 murió el quinto Dalai Lama, el entonces regente Sangye Gyatso ocultó su muerte durante doce años, asegurando que el Dalai Lama se encontraba de retiro; algo por otra parte habitual para un gran lama. Sólo así se consiguió terminar la obra cumbre de la arquitectura tibetana. La parte blanca del Potala fue iniciada por el Gran Quinto en 1645. El sitio escogido fue el palacio que Songtsen Gampo había construido en el siglo VII. Dos pequeñas capillas es todo lo que queda de este periodo. El palacio rojo fue iniciado 45 años después de la terminación del palacio blanco. El Potala tal y como lo conocemos hoy se terminó en 1694. De los catorce Dalai Lamas, las tumbas de ocho de ellos se encuentran en el Potala, siendo las del Quinto y del Decimotercero las más impresionantes. Durante la invasión china del Tíbet fue el propio Chuenlai quien evitó su destrucción.

El nombre de Potala parece venir del nombre del paraíso de Chenresig en el sur de la India, conocido como Riwo Potala en tibetano, y se dice que fue el traductor Tomi Sambhota, ministro de Songtsen Gampo (considerado un reencarnación de Chenresig) quien acuñó el nombre de Potala. Siete mil operarios trabajaron en su construcción junto con más de 1500 artistas y artesanos, la mayoría procedían de China y Nepal. El Potala tiene una altura de trece pisos y se eleva unos 117 metros. Tiene más de 1000 habitaciones, 10.000 capillas y 200.000 estatuas. Su construcción, en un momento en que la rueda todavía no había sido introducida en Tíbet, supuso que todas las piedras tuvieron que ser llevadas por burros o a la espalda de los operarios. Una obra que se puede comparar en su complejidad a la construcción de las pirámides. La vista del Potala, omnipresente en cualquier rincón de Lhasa, recuerda los días gloriosos, cuando el Dalai Lama y sus monjes lo habitaban. Hoy, convertido en museo abarrotado de turistas que llenan sus pasillos y pequeños patios, ha perdido toda su vida interior pero mantiene el interés para el visitante. Los estrictos horarios hacen que los peregrinos y los turistas se tengan que apretujar unos contra otros para visitarlo. Para conseguir las entradas, Dawa, nuestro guía, tuvo que hacer cola desde las cinco de la mañana.

Su arquitectura, pintura y estatuaría son únicas y variadas, y los estilos tibetanos se entremezclan con los indios, nepalíes y chinos. La decoración de algunos de sus salones, así como el esplendor de muchas de sus estatuas y pinturas, lo convierten en un tesoro del arte tibetano y budista, pues, además del arte propiamente tibetano, alberga muchas imágenes obsequiadas a los Dalai Lamas por distintos monarcas extranjeros, sobre todo indios, nepalíes y chinos.

Aunque algunas de las habitaciones permanecen cerradas, la visita habitual del Potala precisa de unas tres horas y es una verdadera incursión al viejo Tíbet. La vista desde las terrazas superiores permite ver todo el valle de Lhasa, una visión que se extiende a muchas de las habitaciones que desde sus pequeñas ventanas ofrecen escenarios espectaculares. También se puede divisar la nefasta prisión de Drapchi, donde muchos tibetanos tuvieron que pasar décadas enteras por condenas arbitrarias, así como los uniformes barrios nuevos construidos para los colonos chinos. El apartamento del actual Dalai Lama, está tal y como él la dejó en su apresurada salida del Palacio cuando se refugió en su palacio de verano, el Norbulingka, antes de escapar a India. En la visita al Potala se mezclan las emociones del recuerdo de un pasado glorioso y un presente dominado por el pragmatismo chino y cierto trato vejatorio a los peregrinos que llegan de todo Tíbet y que con una bolsa de plástico llena de mantequilla de yac recorren todo el Palacio dejando una cucharada de mantequilla en cada lamparilla encendida, con los ojos emocionados y a la vez extraviados entre el gentío de turistas chinos y occidentales que allí se concentra.

Después de tres días en Lhasa, salimos en dirección a la frontera con Nepal en un viaje que nos llevaría, durante unos mil kilómetros y en cuatro días, a conocer el Tíbet central y dos de sus ciudades más importantes: Gyantse y Shigatse.

Después de dejar el valle de Lhasa y de volver a utilizar parte de la ruta recorrida desde Tsedang nos dirigimos hacia Gyantse por una pista sin asfaltar. Es la ruta del sur que bordea el Yandrok Tsok, el precioso lago azul-verdoso, pero antes de ello tendríamos que ascender por una tortuosa pista que asciende hasta el Chamba Lha, un paso que se encuentra a 4.794 metros y desde donde disfrutamos de la primera vista, verdaderamente espectacular del Tíbet. Picos nevados al fondo de colinas que se pliegan una tras otras, dejando el lago al descubierto. La altitud y el juego continuo de las nubes crean una tonalidad de colores que se reflejaran luego en las mismas fotografías que todos sacamos desde el collado. Comemos los bocadillos de queso, el cuarto de pollo y los huevos duros preparados por el hotel como comida de campo, rodeados de niños que surgían del paisaje deshabitado y que no sabíamos de donde. Guardaron la comida que les dimos, creemos que para compartir en casa con el resto de la familia. Sólo se atrevían a tomar algún bocado del botín adquirido. Hasta Gyantse todavía tendríamos que cruzar otro collado, esta vez de 5.010 metros, el Karo Lha y después un largo descenso hasta esta ciudad cuya muralla puso muchas dificultades a la expedición inglesa del 1903 hacia Lhasa. Desde aquí se estableció una ruta comercial hacia la india británica con la que estuvo unida por un telégrafo hasta 1940. Debido a la resistencia que los habitantes de Gyantse opusieron a los ingleses, los chinos hicieron una campaña en 1990 para designarla la ciudad heroica a causa de este hecho. Hasta hace unos diez años todavía se podían ver en las calles de la avenida que conduce a la gran estupa los altavoces por los que se transmitían, durante la mayor parte del día, consignas del partido comunista y las cifras de la producción industrial y agrícola del país. Actualmente se ha terminado con la pavimentación de todo el barrio antiguo con la particularidad que se han dejado la mayoría de las puertas de entrada de las casas a más bajo nivel que el nuevo pavimento de las calles. Gyantse, con todo, mantiene el sabor de lo que era una ciudad medieval polvorienta, aunque los carritos tirados por asnos y borricos ha dado paso a camiones y vehículos todoterrenos. El chorten (estupa) Kumbum, en el patio del amurallado monasterio, es una joya. Construido en el siglo XIV, su nombre significa cien mil imágenes. Su arquitectura es singular y única en Tíbet. Tiene sesenta y cuatro capillas en sus cuatro pisos que se pueden visitar de una forma circular hasta ascender a su cima. Y puesto que los pasillos y las escaleras para subir a cada piso son considerados como un espacio sagrado, la cuenta de las capillas asciende a 68. En cada piso hay una baranda desde donde se puede visitar cada una de las capillas. Los frescos de las capillas fueron realizados por artistas newaris de Nepal en el siglo XV. Es el chorten mejor conservado de todo el Tibet y su estructura espacial en forma de mandala nos recuerda el plano del Monasterio de Samye. Por desgracia el agua que se filtra en alguna de las capillas empieza a hacer mella en alguno de los frescos. Es una lástima que no se vean signos de rehabilitación o de reparación de los daños. A pesar de la ausencia total de vigilancia, con la excepción del control de las cámaras fotográficas de los turistas, es ejemplar que no haya signos de vandalismo contra el chorten, totalmente vulnerable. El monasterio de Palkor Choide, que se encuentra en el mismo complejo ha pertenecido a las tradiciones sakya y guelugpa, siendo esta última la que lo mantiene en la actualidad. Las estatuas y los colores utilizados en su decoración son únicos y le confieren un carácter vidrioso delicado y especial.

En Gyantse se forjó una escuela artística singular que tuvo influencia en otras partes del Tíbet, llegando incluso a China. Gyantse se había mantenido como una de las ciudades menos prochinas del Tíbet central, al menos hasta hace unos cinco años. Pero, en la actualidad, las excesivas tiendas de los colonos chinos han hecho su aparición en todo tipo de artículos, mucho más de lo que la demanda aparente exigiría. Los restaurantes aparecen casi vacíos y las tiendas con pocos clientes. Desde Gyantse nos trasladamos por una carretera en mejor estado hasta Shigatse, la sede de los Panchen Lamas. El Panchen Lama se quedó en Tibet e intentó colaborar con las autoridades chinas y Shigatse se convirtió muy pronto en una ciudad con una fuerte influencia china. Panchen Lama significa literalmente “preciado erudito” y también es conocido como Tashi Lama. Fue el quinto Dalai Lama quien confirió a su maestro Losang Chokyi Gyetsen -entonces abad del Monasterio de Tashilumpo- a ser la cuarta reencarnación de un linaje que procedía del siglo XIV. Se le considera la emanación del Buda Amitaba. Aquí, el gran monasterio de Tashilumpo se muestra con todo su esplendor. Tashilumpo fue el monasterio mejor preservado del Tíbet y fue donde el gobierno chino trató de influir en la política religiosa del país. El Panchen Lama pertenece a la misma escuela que el Dalai Lama, la guelugpa; de hecho, en la minoría de edad de uno de ellos, el otro servía de tutor. La presión estatal sobre el monasterio ha llevado a la crisis actual, y después del fallecimiento del Décimo Panchen Lama, el gobierno chino escogió un candidato para la reencarnación que no era el que habían escogido los monjes de Tashilumpo y que había sido aprobado por la comunidad tibetana en el exilio y el propio Dalai Lama. En la actualidad hay, pues, dos Panchen Lamas, los dos en Pekín, uno, el considerado auténtico, confinado y recluido y el otro, el impuesto por los chinos, adiestrado para dirigir el monasterio. El monasterio que albergó a unos 5.000 monjes ahora tiene unos 700. El núcleo del monasterio es el templo de Maitreya con una impresionante estatua del Buda del futuro de 26 metros de altura. Luego otros cuatro imponentes edificios albergan las estupas del Décimo Panchen Lama (el último) y cuya estupa fue patrocinada por el gobierno chino (que dono 500 kilos de oro) y una suscripción popular, y contiene el cuerpo embalsamado del Décimo que falleció en 1989. Luego, están los dos templos dedicados al IV y al IX Pachen, este último fue consagrado por el Décimo Panchen Lama poco antes de su fallecimiento. Durante la revolución cultural las reliquias de los Panchen Lamas, del quinto al noveno, fueron escondidas y al final todas ellas se encuentran en la estupa de este último. De nuevo, nos encontramos con las reformas urbanísticas justo delante del monasterio, donde se ha construido una enorme plaza ajardinada que da entrada al monasterio. Tiene una decoración singular; pérgolas de plástico adornan la plaza en la que aparentemente se podrán proyectar películas o audiovisuales, y unas estatuas recién instaladas muestran una turista con minifalda grabando en video digital a unos lamas. La nueva plaza nos resulta de un mal gusto innombrable a pesar de estar ya habituados a las modernizaciones a que los chinos nos tienen habituados en todas las ciudades por las que hemos pasado.

Nos espera una larga jornada para ir de Shigatse hasta Tingri, el paso de Gyatso Lha es el más elevado de nuestra ruta (5.250 metros) desde donde divisamos un paisaje sobrecogedor. Podemos ver por vez primera el Cho Oyu uno de los picos tibetanos de más de ocho mil metros. El día es claro y el aire enrarecido de la cima del collado nos hace notar los efectos de la altitud. El cielo está bordado con nubes algodonadas, iguales a las que los artistas de tangkas suelen pintar rodeando a las deidades en sus mandalas. Una leve presión en las sienes nos lo recuerda. Al andar, hay que hacerlo pausadamente como si cada paso necesitara un esfuerzo y atención especiales. En Tingri nos alojamos al lado de la carretera en el Everest View Hotel con la esperanza de tener una vista del Chomolugma que es como los tibetanos llaman al Everest, al amanecer. En esta época del año, los grandes picos del Himalaya sólo se muestran al amanecer y al atardecer si las nubes del monzón que los envuelven se retiran por un rato. Al amanecer todo el esplendor del Everest y el Cho Oyu mucho más a su derecha se nos mostró con toda su magnificencia. Nos sentimos satisfechos por ello y después de contemplarlos en silencio durante varias horas, nos dispusimos a emprender el último tramo del viaje, atravesando los Himalayas hasta Khatmandú. Todavía nos quedaba otro gran paso de 5000 metros, el Tong Lha, desde donde pudimos ver el Shishapagma (8.020 m.) y desde allí hasta los 1.300 metros de altitud de Kathmandú todo fue hacia abajo; de la árida meseta tibetana a las húmedas forestas tropicales del Nepal. Del color gris ceniza al verde frondoso; de la sequedad del polvo a la humedad de las cascadas sin fin. Pero primero hicimos un alto en Nyelam para rendir homenaje al gran yogui del Tíbet, Milarepa que pasó varios años meditando en una cueva que ahora es un pequeño monasterio, medio abandonado. En la época de Milarepa, en el siglo XI, esta cueva se abría a un risco con un vertiginoso torrente al fondo. Hoy, los campos de cebada y mostaza cubren las terrazas que descienden hasta él. Las huellas de las manos de Milarepa en la roca que hace de techo a la cueva nos recuerdan la magia y la fuerza espiritual de este gran yogui y son una perfecta despedida de nuestro corto viaje al techo del mundo. Un país que a pesar de las vicisitudes y sufrimientos por los que ha pasado y continúa pasando a causa de la invasión china después de cuarenta años de férreo adoctrinamiento anti-religioso todavía es posible percibir la fuerza y la vigencia del darma del Buda en las sonrisas, cordialidad y hospitalidad de los tibetanos.

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