Introducción de Robert A. F. Thurman al libro de Lama Anagarika Govinda, La senda de las nubes blancas

Introducción de

Robert A. F. Thurman

al libro de

Lama Anagarika Govinda

La senda de las nubes blancas.

Atalanta, 2014

 

© Robert A. F. Thurman, 2005

© de la traducción de Eduardo García-Arévalo Aguirrezábal

 

Publicado en exclusiva en el blog de Ediciones Dharma por cortesía de Ediciones Atalanta.

     Es indudable que Lama Anagarika Govinda fue una de las grandes mentes occidentales del siglo XX y que debiera considerársele dentro del grupo que incluye a Einstein, Heisenberg, Wittgenstein, Solzhenitsyn, Gandhi y el Dalái Lama, pero excepto en los círculos budistas no es tan bien conocido como los demás. A pesar del hecho de que muchos eruditos, entre ellos el historiador Arnold Toynbee, aduzcan que el acontecimiento más importante del siglo XX en Occidente fue su encuentro con el dharma budista, la mayor parte de las personas cultivadas aún no tienen ni idea de lo que eso realmente significa. Incluso los estudiosos del budismo, tanto de sus formas más antiguas en Asia como de sus manifestaciones actuales en Occidente, aceptando una definición de sí mismos como investigadores marginales trabajando en el campo de la marginalidad, contemplan a Lama Govinda, invariablemente sin haber leído sus escritos, como una figura más bien pintoresca. Le consideran un romántico alemán que huyó del desastre del "siglo de la conflagración mundial" en busca del mito idealizado de "Oriente", para vivir y promover la fantasía de un Shangri-La en torno a una cultura atávica y sumida en la ignorancia y a una sociedad supersticiosa, primitiva o feudal, como mínimo "premoderna" o "subdesarrollada", como la del Tíbet.

     Sin embargo, cuando empezamos la era común del siglo XXI con la esperanza de no repetir la violencia de las guerras y genocidios mundiales de los precedentes, resulta crucial que afrontemos algunas de las importantes lecciones que el lama Govinda enseñó de manera infatigable. La cultura occidental, basada en las formas religiosas de la Cristiandad y el Islam, que en palabras del autor "se perdieron... al subyugar la mente humana mediante la dictadura de un espíritu creador del mundo y al mismo tiempo negador del mundo", es todavía relativamente incivilizada, está enfocada a la conquista externa de otras civilizaciones, a la violencia, la guerra, el imperialismo y a una necesidad desenfrenada de posesiones materiales y de autoexaltación. Contrariamente a la envanecida imagen de sí misma, no es la cultura más avanzada que el mundo haya conocido hasta hoy. Su muy desarrollada tecnología material es, de hecho, asignada a las aplicaciones pueriles de la destrucción violenta y el consumo irreflexivo. Su peor problema es su confusión fundacional, que conduce a aquéllos de nosotros bajo su servidumbre a sentirnos desconectados de la naturaleza. De ahí que tendamos a no ser responsables de nuestras acciones y desviemos nuestra atención del peligro extremo de destruirlo todo a nuestro paso, con la promesa irracional o bien de una salvación dichosa por un "Dios" omnipotente absolutamente desconectado o bien de un dichoso olvido.

     De ahí que nuestra cultura bárbara, que no llamaré "civilización", suponga la máxima amenaza para la vida planetaria, para todos los seres humanos, de otras culturas más antiguas y mejor equilibradas, para la totalidad de las demás formas de vida y para el ecosistema mismo. Estamos desplegando los cinco jinetes del inminente apocalipsis fabricado por el hombre: explosión demográfica, pandemia, polución insostenible, agotamiento de los recursos y guerras de destrucción masiva. Es, por consiguiente, una necesidad urgente que nosotros, los portadores de esta desequilibrada cultura de la desarticulación, redescubramos nuestra interconexión con el resto de la vida, nuestra responsabilidad infinita para con nosotros mismos y todos los demás seres vivos, el extremo peligro negativo de nuestra persistencia en el camino de la destrucción y el consumo, así como el potencial positivo de encontrar una felicidad confiable dentro de nuestras propias almas, de vencer nuestros propios hábitos negativos interiores y de cultivar nuestra capacidad infinita para el amor y la alegría.

     El movimiento budista mundial no puede considerarse con exactitud como una "religión global" simplemente, entendida ésta como un sistema prefijado de creencias e instituciones parejas a aquéllas de las religiones. Puede verse desde esa perspectiva con alguna validez, como hacen ciertamente tanto proponentes como oponentes, pero tiene sólo un tercio de religión a lo sumo. Es más en lo fundamental una manera de vivir y una pauta ética, el cimiento de numerosas civilizaciones que enfatizaron el individualismo, la sabiduría, la afabilidad, el altruismo y la igualdad universal. Y es una manera de entender el mundo, una tradición de ciencias basadas en la posibilidad de que los seres humanos desarrollen una comprensión completa y precisa de las realidades de la vida y la muerte. Su enseñanza fundamental se propone ayudar a los seres a comprender su interconexión causal con toda la vida, a encontrar la causas de la totalidad de sus sufrimientos, a intervenir para impedir a esas causas producir sus efectos y a alcanzar la meta evolutiva de la felicidad perdurable y compartible. Es por tanto justo lo que los portadores víctima de una cultura de la confusión, orientada   a la violencia y la codicia, necesitan para curar el malestar de su autoconfinamiento y la disfunción de poner en peligro al mundo.

     De modo que en la historia del proceso de Occidente para descubrir la nueva frontera, esto es, el continente interior del corazón humano, que se requiere como la última posibilidad de un futuro esperanzador para la humanidad y su planeta en severos aprietos, el lama Anagarika Govinda (cuyo nombre budista indotibetano fue Anangavajra Khamsum Wangchuk) emerge como uno de los grandes héroes del siglo, un líder pionero y profético de una cultura occidental triunfante en lo externo y desesperada en lo interno. Él mismo se desató de la hipnosis colectiva acerca de la superioridad de Occidente y encontró las huellas de una civilización a la altura de sus patrones en Asia, en Sri Lanka, Birmania, India y a la postre Tíbet. Aun cuando nunca se proclamara plenamente iluminado, alcanzó sus metas visionarias personales y regresó a su cultura materna para abrir a los juiciosos el horizonte de una nueva posibilidad para la vida humana. El primer libro que leí sobre el Tíbet fue su elegante y definitorio de una época Foundations of Tibetan Mysticism [Fundamentos de la mística tibetana, Eyras, 1981]; lo hice en Francia con dieciocho años y aún le agradezco cada día el camino que tanto me ayudó a iniciar.

     Su prefacio para este libro empieza con estas palabras, escritas ya en los años sesenta: "¿A qué se debe que el destino del Tíbet despierte en el mundo un eco tan hondo? . . . lo que está sucediendo hoy en ese país simboliza el destino de la humanidad. Como si de un gigantesco escenario se tratara, presenciamos el combate entre dos mundos que, dependiendo del punto de vista del observador, puede ser interpretado [si tan convencido sigue] como la lucha entre el pasado y el futuro, el atraso y el progreso, la creencia y la ciencia, la superstición y el conocimiento, o bien [mucho mejor] entre la libertad espiritual y el poder material, la sabiduría del corazón y el conocimiento de la mente, la dignidad del individuo y el instinto gregario de la masa, la fe en el destino superior del ser humano a través del desarrollo interior y la creencia en la prosperidad material basada en una siempre creciente producción de mercancías."  

     Es ésta una declaración profética, profundamente sabia, audaz y muy por delante de su tiempo. Creo que es atinado decir que Lama Govinda fue el primer occidental erudito-explorador-experimentador-practicante en vivenciar y articular el radical individualismo en el corazón mismo de la tradición budista. Hasta el día hoy, utilizo su maravilloso símil de la diferencia entre la iluminación budista y la experiencia mística de unidad que el hinduismo vedanta y muchos otros misticismos anticipan. Decía él que esos misticismos perciben la meta última como si fuera el momento en el que la pequeña gota de agua individual, que ha caído desde la nube de lluvia a la cima de la montaña, se ha fundido desde las nieves glaciares, ha fluido con miríadas de otras a lo largo de torrentes y cascadas y anchos ríos, se fusiona al fin de forma indivisible en el mar vasto y resplandeciente. Pero la iluminación budista es más bien ¡aquélla en la que la gota individual en sí misma se convierte en depositaria de la totalidad del vasto océano, aquélla en la que el mar resplandeciente se introduce callado en la gota individual! Nunca he podido sobreponerme a la admiración que me produce este hallazgo esclarecedor. Ilustra la iluminación como la reconciliación inconcebible de la aparente dicotomía absoluta entre lo individual y lo universal. La revela como el estado de presencia consciente suprema que es, complejo, extático y sin embargo responsable, en vez de una suerte de extinción escapista del individuo en alguna clase de distraída seguridad colectiva.

     Hace ya mucho que llegó la hora de echar una profunda mirada al venerable lama. Y cuándo sería más apropiado que con ocasión de esta nueva edición de su obra autobiográfica, ya clásica, El camino de las nubes blancas. Lama fue demasiado humilde como para escribir una autobiografía detallada, en gran medida para nuestra desgracia, debe decirse, pero nos ofrece en este libro una considerable revelación de su vida interior, de hallazgos importantes y experiencias espirituales, así como lo hace a retazos y en algunos pasajes personales desperdigados a lo largo del resto de sus obras. Nació en 1896, el Año del mono de fuego, en Waldheim, Alemania, como Ernst Hoffmann. Su padre era alemán y su madre boliviana. Durante su temprana infancia padeció tisis, neumonía o pleuresía, y tuvo que ir a un sanatorio en Suiza, en el área de Tessin (Ticino, donde Hermann Hesse también se retiró después de la Primera Guerra Mundial). Su posterior adolescencia la pasó en Capri, Italia, donde sus padres formaban parte de un pequeño círculo internacional y acaudalado de expatriados artistas que se habían autoimpuesto el exilio desafectos de la cultura euroamericana imperialista, industrial y militarista de la época, la cultura tan bien descrita por Barbara Tuchman en su clásico The Proud Tower [La torre del orgullo, Ediciones Península, 2007]. Se dice que empezó a meditar utilizando métodos budistas en 1914, durante el año del estallido de la Primera Guerra Mundial, mientras remataba su primer libro, The Fundamental Ideas of Buddhism and Their Relation to the Concept of God. También estudió pali en la universidad de Nápoles. En torno a esa época, en 1917 (conjeturo por las pistas dejadas aquí y allá en sus escritos), tuvo una experiencia extraordinaria de una de sus reencarnaciones previas, la de un escritor alemán (de quien no da el nombre) de aproximadamente un siglo atrás que se embarcó en el voluminoso proyecto de escribir, en palabras del lama, una "morfologia del pensamiento y la cultura humanos que comporta una visión mágica del universo", el mismo proyecto en el que el lama, aún el joven Ernst Hoffmann, se encontraba inmerso desde al adolescencia. El anónimo escritor alemán había padecido la misma enfermedad pulmonar que el Hoffmann muchacho y había fallecido joven, dejando detrás una novela metafísica sin acabar que, cuando Hoffmann la leyó, contenía no sólo las mismas ideas generales que la suya, sino ¡incluso frases y párrafos enteros de prácticamente idéntica prosa! Un estudioso que conoció en Capri y estaba investigando sobre aquel escritor se quedó asombrado del parecido físico del joven Hoffmann con él. Hubo muchos detalles de esta experiencia que proporcionaron convincente evidencia de la rememoración genuina de una vida anterior y por ese motivo el joven Hoffmann debió de adoptar la determinación de profundizar su investigación en las enseñanzas del budismo.

     Alrededor de esos años, debió de visitar el norte de África desde Capri, puesto que menciona una anécdota que le ocurrió cuando estaba "pasando una temporada" entre las tribus aissaouas del sufismo musulmán. También menciona un viaje al altiplano boliviano, donde visitó a su abuela materna y supo que su bisabuelo, que había sido compañero de armas de Bolívar, el George Washington de Sudamérica, había recibido el título de mariscal de campo de Montenegro. Parece que la fortuna de su madre provenía de la posesión de minas de plata en Bolivia y, en una ocasión, había pensado incluso en convertirse en ingeniero de minas.

     Eventualmente se fue a Sri Lanka, ocho años después de publicar su primer libro, digamos que en 1922 o 1923. Con el tiempo fue ordenado como novicio por el venerable bhikkhu Nyanatiloka Mahathera (también de ascendencia alemana) en el Monasterio de la Isla de Dodanduwa, donde pasó los siguientes veinte años virtualmente como bhikkhu, monje, célibe, con hábito y ascético. Nunca recibió la ordenación completa como bhikkhu, porque objetaba a las "innumerables reglas" de la sangha formal. Durante ese tiempo y como monje peregrino visitó Birmania y quizás incluso Hunan en el sudoeste de China, lo que colegimos de otra anécdota que relata. Esperaba permanecer de por vida en Ceilán y construyó un monasterio entre Kandy y Nuwara-Eliya. También trabajó en su primera obra mayor de erudición budista, The Psychological Attitude of Early Buddhist Philosophy, un estudio docto y exhaustivo de la psicología del Abhidhamma pali.

     Nos cuenta que en principio el Tíbet no le atraía pues era presa de la concepción errónea, común en aquellos tiempos (y en algunos círculos, tristemente, todavía hoy), de que se trataba de una forma degenerada de budismo contaminada por el culto a demonios, el chamanismo y otros elementos chocantes de las agrestes culturas de los Himalayas. Se quedó pues atónito cuando, invitado a una conferencia en Darjeeling para presentar el budismo theravada y su literatura, se sintió extrañamente atraído por el mundo del "lamaísmo". Pasó una temporada en un monasterio situado en lo alto sobre la ciudad y empezó su inmersión en el mundo del Tíbet. Es complicado decirlo con exactitud, pero debió de ser a finales de los años veinte. El monasterio se llamaba Yi-gah Cho-ling (deletreado tal y como lo pronunciaba Lama), y fue la residencia de retiro de Tomo Géshé Rimpoché. Después de pasar meses allí dedicado a los estudios tibetanos con otros profesores mientras el rimpoché se encontraba en un largo retiro, Lama le conoció y fue aceptado como su discípulo convirtiéndose formalmente en budista tibetano. Durante aquellos mismos años, pasó un tiempo en la universidad Tagore de Bengala, Shantiniketan, y conferenció en otras universidades indias. A principios de los años treinta empezó a viajar por el Tíbet, ascendiendo a través de Sikkim hasta el valle de Chumbi, para visitar luego en 1933 Ladakh y el Chang-Thang, o altiplano septentrional, llegando desde el oeste. En 1936 falleció Tomo Géshé Rimpoché, que pronto se reencarnó en Sikkim. En 1937 fue a Sikkim y visitó en el norte, junto a la frontera tibetana, al lama de la famosa erudita y aventurera francesa Alexandra David-Néel, el gomchen de Lachen. Durante sus años en India, entabló amistad con Tagore, Nehru y otros líderes de la independencia, de tal modo que, durante el tiempo de guerra, los ingleses le mantuvieron cinco años en un campo de internamiento, pese al hecho de que en ese momento tenía pasaporte británico. Tras su puesta en libertad, conoció a la bella artista y estudiosa Li Gotami, nacida en el Año del caballo de fuego, 1906, en el seno de una familia parsi de Bombay, quien durante años había estado formándose en Shantiniketan. Renunció a sus votos monásticos de novicio para casarse, convirtiéndose ella en su compañera inseparable hasta la muerte.

     Con la independencia de India en 1947, obtuvo la ciudadanía y ambos pudieron por fin hacer la extensa peregrinación y los viajes de estudio por el Tíbet que le llevarían al monte Kailash y al lago Manasarovar, y más allá de las ruinas de los grandes templos y monasterios de Tsaparang, y que con tanta elocuencia describe en este libro. Después de la invasión china del Tíbet en 1950 se trasladó al pequeño y hermoso monasterio de Kasar Devi en Almora, sobre las colinas Kumaon de Uttar Pradesh, que les fue ofrecido por el gran traductor W. Y. Evans-Wentz, donde vivió y escribió sus obras mayores a lo largo de los siguientes treinta años, con viajes ocasionales a Europa y América a finales de los setenta y principios de los ochenta.

     Fue en Almora, donde conocí a Lama y a Li en 1971, con ocasión de una beca de un año para la investigación de una tesis. Mi mujer Nena ya les había conocido seis años antes, durante su propia peregrinación a India, y resultaba obvio que Lama y Li le tenían un gran afecto, de una forma paternal. Cuando me presentó al cortés pero solitario erudito, me miró de arriba a abajo como un padre fastidioso inspeccionaría a un yerno. Sin importar mis propias limitaciones, tanto él como Li quedaron de inmediato encantados con nuestro hijo de tres años, Ganden, y nuestra sonriente recién nacida, Uma. Desde la perspectiva académica, a Lama le preocupaba un poco que mi enfoque del budismo pudiera estar demasiado escorado hacia lo intelectual, ya que estaba traduciendo una obra de la filosofía centrista madhyamaka y, aunque sabía que también había sido monje durante algunos años, temía que pudiera entramparme en el escolasticismo y no ahondar lo suficiente en el lado meditativo de la práctica. Sacó los viejos cuadernos de apuntes de sus estudios; recuerdo en particular su traducción del Four Hundred de Aryadeva, una obra de la misma escuela centrista, y cómo me impresionó el alto nivel de su erudición crítica. Estaba resuelto a que reconociera el papel clave de los grandes yoguis ermitaños del Tíbet y, en especial, del tantra Chakrasamvara, la tecnología espiritual favorita de los Grandes Adeptos que tanto le apasionaban.

     Pasamos momentos maravillosos en su ashram, celebrando su cumpleaños, llevando a Li de compras al bazar con nuestro Volkswagen, escuchando las fascinantes historias de su visita al Kailash. Eran unos conversadores extraordinarios, corrigiéndose el uno al otro con meticulosidad sobre los pequeños detalles de cada particular aventura, para asegurar que los hechos quedaran claros. Por otro lado, cuando Lama se ponía a escribir, Li era como un ángel guardián y no permitía que las visitas o cualquier otra cosa le molestaran. Esto se convirtió en un problema cada vez mayor durante los años setenta, a medida que sus libros empezaron a atraer a un conjunto más amplio de lectores de Europa y América y los visitantes se hicieron más y más frecuentes. Llegar hasta el lugar de retiro que era el ashram suponía una considerable ascensión de montaña sobre "Crank's Ridge" ["el Risco de los Chiflados"], como cariñosamente era llamado el lugar, debido a la presencia de Lama y otros intelectuales indios y de yoguis, artistas y escritores expatriados de la vieja guardia. De modo que cuando Lama llegó a su ochenta cumpleaños, en 1976, parecía cada vez más difícil vivir allí. Empezó a quedarse más tiempo en Occidente, para establecerse finalmente en California, con la ayuda del Centro Zen de San Francisco y un creciente círculo de amigos.

     Recuerdo nuestros encuentros allí durante sus últimos años, después de que ya hubiera padecido varios ataques de apoplejía. Su manera de afrontar la ancianidad y la proximidad de la muerte era en verdad grandiosa. Me aseguró que los ataques eran la mayor de las bendiciones, en absoluto una tribulación. Me dijo que previamente había creído lograr una cierta comprensión de la vacuidad, shunyata, el gran vacío de libertad gozosa que constituye el núcleo de la realidad budista, sólo para darse cuenta después con cada ataque de ¡cuánto más profunda, cuánto más milagrosa era! Expresó su extrema gratitud por tener la oportunidad de desembarazarse de su encarnación de una forma tan gradual, tan capaz de observar el proceso, desenmarañando la trama de apegos hebra a hebra. Las pocas visitas que pudimos hacer en aquellos últimos días fueron un gran privilegio y un estímulo para hacerse cargo de todos los aspectos de la vida que sólo estoy empezando a apreciar ahora, en mis propios años finales.

     Agradezco a Peter Mayer y a Overlook Press que estén reeditando las asombrosas memorias de Lama. He tratado de extraer los detalles de su vida de los pocos vestigios que dejó aquí y allá en sus escritos y de lo que le contó a Peter Mathiessen. No puedo creer que estuviese tan ocupado y preocupado cuando tuve la oportunidad y que no me sentase con él y consiguiese que me proporcionara una cronología clara y detallada, pero no era Lama una persona con la que fuera fácil sentarse para asignarle una tarea que no fuera de su elección. Lleno de humildad eligió no ser autor de una autobiografía completa, puesto que en la tradición tibetana se piensa que sólo el santo más iluminado es digno de biografía, el término mismo que literalmente se traduce por "liberación". Nos ofreció en su lugar sus muchas obras de enseñanza, junto al maravilloso relato de sus peregrinaciones y descubrimientos en el Tíbet que tiene ahora entre sus manos. Disfrútelo, y ojalá que pueda ayudarle a abrir su corazón y su mente a la cualidad de nube blanca de su propia existencia, ¡flotando libre a través del cielo azul transparente!

-Robert A. F. Thurman                                      

Ganden Dekyiling, Woodstock, Nueva York  

1 de enero de 2005, Año del mono de madera

 

Podéis conseguir el libro en el siguiente enlace:

El Arte de los Sonidos Curativos

Ligmincha España, la Asociación Cultural Budista Bön (http://goo.gl/nbUzHl) os ofrece la conferencia y seminario de Lama Tenzin Wangyal Rimpoché, “El Arte de los Sonidos Curativos”

La conferencia y presentación de su último libro “El despertar de la mente luminosa” será el 9 de Mayo, de 19:30 a 20:00 h en el Área Cultural de El Corte Inglés en la C/ Hilera 8, Málaga.

También os ofrecen la posibilidad de seguir la conferencia en vivo a través de la red, en el siguiente enlace http://www.ustream.tv/channel/ligminchaesp

Las enseñanzas serán el 10 y 11 de Mayo, en “La Térmica” Avenida de los Guindos, 48, Málaga.
Esta será la única oportunidad de recibir estas enseñanzas en España.

Podéis contactar con Ligmincha Malaga en el correo Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo. o por las tardes al 685 893 624

Para más información de este y otros eventos, podéis acceder al siguiente enlace:

http://goo.gl/nbUzHl